jueves, 9 de noviembre de 2017

A una encina verde - Joan Manuel Serrat

.Y de haber nacido en la tierra baja pudo ser timón y volverse al mar. Pudo ser rueda y ver mundo, ser mango, cuna o altar. Pudo ser ceniza y humo o pudo, simplemente, no haber nacido donde manda el roble, pero ahí nació desafiando las reglas, consentida por el sol. Más cerca de las estrellas. De abrazarse al suelo, a pelear la tierra con los aguaceros, de rellenar grietas con bojes, tomillos y enebros, de andar huyéndole al hacha que el amo blande ligero...,
nudos amargos duelen en tus maderas, encina verde. Que tus contornos te quieran, que te respete la muerte. Que es bueno que cuando el haya enrojece y los caminos mudan de color, entre esqueletos de robles, salpiques con tu verdor las palideces del bosque. De abrazarse al suelo, a pelear la tierra con los aguaceros, de rellenar grietas con bojes, tomillos y enebros, de andar huyéndole al hacha que el amo blande ligero... nudos amargos duelen en tus maderas, encina verde. Que tus contornos te quieran, que te respete la muerte.






Cake - I Will Survive

Dante Spinetta - Laberinto (Pseudo Video)

domingo, 15 de octubre de 2017

Escritores desde adentro

Uno no puede evitarlo y entre la música, los lugares y la lectura, busca mensajes. Busca a los pares.Las enseñanzas que te da un barrio que ya no es tal. El dolor. O ese sabor amargo que de a ratos vuelve y que uno añora, aunque como tal, como amargo, nos de la única certeza de estar aquí, viviendo un rato más.
En esa mezcla hay escritores que surgen como esos parientes idolatrados. Como mi padrino, alguna prima, una vecina mayor copada, un compañero de laburo que nos enseñó mucho, sin estridencias.
Aquí quiero compartir con ustedes tres referentes contemporáneos. Uno los imagina y confirma con algunos elementos, que lo suyo no es la jactancia intelectual, aunque le sobren razones para esgrimirlas. Claudia Piñeiro, Pablo Ramos y Eduardo Sacheri realzan las ganas de leer, en tiempos de pantallas.







Enjoy them y después cuéntenlo


Una suerte pequeña
Claudia Piñeiro

Ya no soy rubia, como la mayoría de
las mujeres que mandaban a sus hijos al
Saint Peter, ese colegio que tan bien
conocí. Desde hace tiempo mi pelo es
rojizo, casi pelirrojo. Bajé de peso,
como diez kilos, o incluso un poco más.
Nunca fui gorda, pero después de mi
partida —de mi huida, debo reconocer
— me puse escuálida, transparente, y
jamás recuperé los kilos perdidos. No
uso la misma ropa que el resto de
aquellas mujeres, la que usábamos
todas; soy —ahora, el día de mi regreso
— una mujer americana, una mujer de
Boston. Si hiciera frío podría llevar
sombrero, algo impensable en
Temperley. Mi voz, aquella voz, quedará
oculta bajo las inflexiones de otro
idioma que me esforzaré en exagerar
cuando esté en zona de peligro. Y se
oirá empañada por esta ronquera que me
apareció el mismo día en que me fui del
país. «Disfonía por estrés traumático»,
dijo el médico cuando me hice ver en
Boston, varias semanas después. Con
los años se convirtió en disfonía crónica
por el esfuerzo que suponen para las
cuerdas vocales las muchas horas de
clase. Ni siquiera mis ojos son los
mismos. Y no sólo porque hayan mirado
otras cosas, otros mundos. Tampoco
porque no hayan mirado más este lugar
al que hoy regreso. Si eso los hubiera
cambiado, la modificación sería
imperceptible. Lo habría notado
únicamente yo, tal vez Robert: una cierta
tristeza, el brillo más apagado, la
demora con la que van los ojos de un
objeto mirado a otro. Quizás entre esos
cambios también se haya modificado el
lugar tan propio de cada persona adonde
van los ojos a buscar las palabras que
uno no encuentra mientras habla. Mis
ojos las buscan en el cielorraso; levanto
la vista de costado y se cuelgan del
techo, se detienen allí arriba, hasta que
la palabra aparece. Robert las buscaba
mirando al frente, allí las tenía, siempre
a mano; mi madre —hoy lo sé—
cerrando los párpados. ¿Dónde irán sus
ojos, los de él, a buscar las palabras que
no halla? No puedo recordarlo. Sin
embargo no me refiero a ninguno de esos
cambios sutiles, privados, difíciles de
detectar excepto para quien está muy
atento a cómo mira el otro. Me refiero a
cambios más evidentes y más externos
que hoy se le pueden hacer a una mirada,
si uno lo desea. En cuanto mi oculista
sugirió que me podía poner un color
diferente en las lentes de contacto, dije
que sí. Robert se espantó cuando me vio.
Pero Robert era incapaz de
contradecirme en nada, a menos que
fuera algo que me hiciera daño. Así que
si quería ojos marrones, entonces que
los tuviera. Robert. A él le gustaban mis
ojos celestes. A mí ya no. «Marrones
será perfecto», me dijo a pesar de su
propio gusto. Cruzarme con Robert,
contar con él cuando me instalé en
Boston como me podría haber instalado
en cualquier otro lugar del mundo, fue
encontrar una tabla de salvación en el
momento justo en que había decidido
abandonarme a las olas y las mareas,
dejarme ir.







Ser Feliz era esto
Eduardo Sacheri 

—¿Por qué no me lo contaste antes?
¿Te daba vergüenza?
—No —le contesta, y es verdad—.
Lo que pasa es que no quería que me
tuvieras lástima. Odio que me tengan
lástima.
Lucas levanta una piedra de esponja,
de esas grises y chatas, y la tira al mar,
haciendo sapito. Después levanta dos
piedras, de las que tienen los bordes
muy limados de tanto rodar. Tira una
hacia arriba. Le da una dirección casi
vertical, unos cuantos metros adelante.
Cuando la piedra pierde impulso y
empieza a caer, le apunta con la otra y la
arroja normalmente, intentando que se
choquen en el aire. No lo consigue. A
Sofía le parece un juego dificilísimo.
—¿Y ahora por qué me dejaste
encontrar el certificado? —pregunta
Lucas—. Fue como contármelo.
Sofía se toma un segundo para
contestar, mientras busca otras dos
piedras para que él vuelva a intentarlo.
—Te lo conté porque te lo merecías.
Lucas asiente. No la mira. Mejor.
Sofía sigue decidida a no llorar. Le
alcanza varias piedras para que siga
jugando. Se las ofrece todas juntas, en la
palma de la mano.
—¿Alguna vez lograste que se
chocaran?
—Nunca —dice Lucas, mientras
elige dos piedras nuevas—. Pero tengo
toda la vida para intentarlo.
A Sofía le gusta esa respuesta.
Sonríe. Lucas también. Vuelve a probar:
primero la piedra hacia arriba, después
la otra que pasa cerca, pero no consigue
que se choquen.
—¿Y ahora qué vamos a hacer? —
pregunta Sofía.
—Vos no sé. Yo, por lo pronto, tengo
en vista unos invernáculos en
Pontevedra.
—¿Qué? ¿Invernáculos?
—Esos lugares donde se cultivan
plantas, querida ignorante.
—¿Seguís nomás con esa idea de
convertirte en enano de jardín?
—Enano de jardín no, corazón.
Cultivador de plantas. Ya te lo expliqué.
Es verdad. Lo hablaron cuando
fueron a festejar que Lucas era finalista.
En la pizzería.
—¿En serio vas a empezar con eso?
¿No es difícil?
—Sí. Pero tengo muchas ganas.
Está cayendo el sol. Sus sombras
largas tocan la espuma de las olitas de
la orilla. Lucas vuelve a hablar:
—Tené en cuenta que voy a necesitar
tu ayuda, Viernes.
Ella lo mira. Suncho sale disparado
a ladrarles a unas gaviotas. El agua de la
orilla les roza los pies. De pronto Sofía
entiende que ser feliz era esto.
—¿Me vas a decir lo que significa
eso de Viernes?
—Jamás —afirma él—. Vas a tener
que leer Robinson Crusoe. ¿Empezaste?
—No, no empecé a leer Robinson
Crusoe —contesta Sofía, haciéndose la
que le fastidia su pregunta—. Pero yo
también tengo toda la vida para
intentarlo



En Cinco Minutos Levantate María
Pablo Ramos

Sólo dos veces este hombre me
habló en serio de Gabriel. Una ni
siquiera fue una conversación, dijo seis
o siete palabras y ni siquiera esperó una
respuesta mía. Fue el día en que Gabriel
se escapó del camping de Santa Teresita
hacia la playa. La otra, el día que
Gabriel cumplió treinta y cinco años,
hace menos de un año. Esa vez fue más
parecido a una conversación, al menos
lo más parecido a una conversación que
una puede tener con este hombre. Y ahí
yo hubiera podido haberle dicho algo
muy importante sobre su hijo, pero no lo
hice. Me ganó su desesperación, ver
cómo se ponía. La culpa que siente es
tan grande que me desespera a mí más
que a él. Él se agita, se pone mal, y yo
me desespero de verlo así y paro, freno
lo que tendría que decirle. Me da miedo
de que le pase algo. Aunque ahí está la
única posibilidad sanadora que tiene
este hombre en su poder: sentarse con su
hijo y hablarle de igual a igual. Gabriel
ya no cree en casi nada, desconfía de
nosotros, y sólo va a ver cómo avanza la
obra de su nueva casa. Este hombre se la
pasa ahí: haciendo lo que el hijo le dice
que haga y deshaciendo lo que le dice
que deshaga.
«Yo te hice, yo te deshago», eran las
palabras horribles que decía este
hombre. Uno hace a un hijo, querido,
para que siga hecho, y para que él
mismo termine de hacerse. Para
deshacerlo ya está el mundo, la vida, los
otros: los de afuera. Y ahora parece que
lo entendió, y se va a la mañana y
vuelve a la noche. Está trabajando en la
casa de Gabriel. Hace un año que este
hombre trabaja sin parar, con nada más
que dos ayudantes que le dan más
problemas que otra cosa. Pero ya no está
para eso. Cinco by-pass y sigue fuma
que te fuma. Yo vi la casa: una casa
antigua y destrozada. Si los viejos
dueños la vieran ahora, se caerían de
espaldas. Yo sé que ésa es su manera de
decir lo que tendría que decir con
palabras, pero no estoy segura de que
Gabriel lo pueda entender. De lo que sí
estoy segura es de que no le va a
alcanzar. Gabriel necesita escuchar de
su padre las palabras que hablen de ese
dolor tan grande, pero a esta altura, en
una mente tan enferma y cansada como
la de este hombre, esas palabras deben
estar perdidas, vagando por un rincón
oculto de su alma. Gabriel es ahora una
máquina de hacer, de inventarse
zanahorias para dar un paso más, hasta
donde no sé, hasta donde puedas, tesoro
mío.

Pink Floyd - Learning To Fly (Official Music Video)

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